HOMBRE RECLINADO

(Sobre una escultura de Javier Marino)

Hueco, vaciado de sí mismo,
misterio de carne,
cuerpo de tierra
echado perezoso en la penumbra de un museo.

Lo vi allá, dormido,
recostado entre las piernas desnudas
de ese hombre de barro,
lo vi y la mirada se me llenó de ternura.
Ajeno, dócil, suave,
niño grande
vistiendo el cuerpo;
descansada indolente virilidad,
dios menor,
pelambrera, musgo moreno entre los muslos,
árbol, pene, cuerpo, barro.
Esplendor de un cuerpo
ensartado de alambre
dócil, magnífica virilidad
que una mañana descubrí
dormida entre los lienzos
de Remedios Varo.

Oaxaca, 17/7/2002


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

AL CALOR DE UNA FÁBULA

 

Volver a hablar de soledad,
de desamor, de desesperanza.

Y de mi propia existencia,
a veces atascada como un tronco en el río,
con la certeza de que este pasatiempos de escribir
puede esfumarse en cualquier momento,
con la certeza de que hoy, mañana,
no habrá nada, nada,
el silencio de los muertos,
la repugnante conmiseración de uno mismo,
la queja fatua frente al destino,
la idea de haber nacido.

Volver a hablar
de mi incapacidad de ser hombre,
de erguirme sobre el dolor y la soledad,
volver a hablar de incapacidad

 

 

para alzarme, para gritar, ¿para amar?
para levantar un bello templo
al dios de la Nada,
a la divina inutilidad de vivir.

¿Volver a hablar?
Cansan tantas palabras,
quizás sea el turno del silencio,
la magia del silencio
empapando pertinaz e intemporal,
el alma destrozada de las cosas,
de los hombres.

El agua remansada que girará y girará
hasta ser empujada por la corriente
torrente abajo,
torrente abajo
camino de la mar.

 

 

 

 

A PEQUEÑEZ DE MI ÁNIMO

 

Katia se levantó, y con un trotecillo ligero fue hacia la alambrada que da al oeste de la casa y se allí se sentó a mirar la lógica del paisaje. Yo la observaba y pensaba en la lógica de la vida, contemplaba unos evónimus, las ramas meciéndose del olivo.

 

... Y yo no sé qué hacer conmigo
en esta mañana clara de viento racheado;
tan desvalido
tan vulnerable,
agitado de viento
y lacio como de hora de siesta,
insomne, los ojos fijos
en un impreciso paisaje de cipreses
erguido sobre el esplendor de la mañana.

Vestido de la pequeñez de mi ánimo
triste y cansado
parapetado de melancolía,
distante, ebrio,
avanzando sobre el mar infinito de mi pena,
me mezo en una melancolía sin nombre,
pena como hilo de agua deslizándose
sobre el llanto enteco e inaudible de mi tristeza.



1994

SÁBADO POR LA TARDE

 

Campo blanco, pelado, yermo;
árboles desnudos
solitarios, yertos,
perdidos en mitad de la nada.
postran sus ramas desnudas
frente al llano.
Está el tac tac cadencioso de las cadenas,
el silencio,
está el paisaje simplificado y escueto
de los campos inhóspitos.
Nubes, bajas, indolentes
hilvanan cielo y tierra
con la tenue gasa de la niebla.
A la vera del camino,
pasa un pueblo muerto
sepulto en una claridad sin fecha;
sobre la cartulina blanca de la tarde,
espectros sin otro relieve que alunas sombras,
se alza un campanario, una casa de labranza,
el esqueleto abisal de una chopera.

Un paisaje de luna clara
derrama su delgada melancolía
sobre mi memoria.
Calor de estufa,
rebullir agitado en los profundo del sueño.
La niebla se posa en la tierra desde anoche,
la higuera de nuestra huerta, desnuda,
preside la intemporalidad de los sembrados
junto a unos geranios llenos de frío.
nos de frío.

 

Olor a mar